martes, 7 de julio de 2009

Van Troi, MacManara y una plaza para amar en La Habana.

Por Tomás Barceló
En la calle Manglar, a escasos metros de la Avenida Infanta, en la ciudad de La Habana, hay un pequeño parque bautizado a finales de los años 60’ con el nombre de Nguyen Van Troi. Sobre un pequeño promontorio una estatua, como sembrada ahí a las apuradas, intenta reproducir –con todas las limitaciones que pueda tener el cemento fundido- la figura del joven vietnamita que quiso ajusticiar a Robert MacNamara (No lo logró: fue apresado en el intento, torturado bestialmente, y después fusilado. Cuentan, además, que sus torturadores no pudieron arrancarle una sola confesión).
Van Troi intentó volar un puente por donde debía pasar el entonces Secretario de Defensa norteamericano. MacNamara, por su parte, además de mentir, fue uno de los artífices de la guerra en Vietnam. Desde su fría mentalidad de contador, concebía los bombardeos en términos de contaduría, donde las cifras de los muertos, tanto de un bando como de otro, daban un sentido a las pérdidas o ganancias probables.
Nguyen Van Troi no es ni siquiera una plaza célebre en La Habana. Es una plaza mínima, ideal para que en las noches del largo verano cubano acudan ahí parejas que por la total ausencia de lugares adecuados, sobre sus bancos desvencijados hagan el amor bajo las estrellas. Es algo muy normal. Al menos en Cuba. Sobre todo en La Habana, ciudad de sexualidad desprejuiciada. Ocurre en el Malecón. Sucede, pongamos por caso, detrás de un poste de luz, en alguna calleja mal alumbrada. Detrás de un muro. En algún placer yermo. En la escalera de algún edificio mal iluminado. Debajo de las sombras protectoras de un árbol. No hay posadas. Los hoteles cuestan dólares. Escasean las viviendas. El calor. Humedades. Los represivos prejuicios católicos sobre la sexualidad en Cuba no cuentan para nada.
Con aquellos apagones de los años 90’, el parque Van Troi fue unos de los escenarios de semejantes desmesuras amatorias. De aquellos años, conservo el recuerdo de un crepúsculo. Muy nebuloso todo, porque estaba bajo los efectos de una borrachera alcanzada con pésimo ron. Me quedé dormido en uno de aquellos destartalados bancos. Desperté de madrugada. Mi borrachera había menguado en algo. Lo que me permitió escuchar con nitidez, viniendo de aquí, de allá, de más allá, de mi izquierda, de mi derecha, de delante, de atrás, el trajinar de las parejas. Gemidos. Susurros. Ciertos movimientos. El parque Van Troi estaba sumido en la oscuridad de uno de aquellos apagones de los 90’ que duraban una eternidad.
Me fui de allí dando tumbos.
Robert MaCnamara falleció recientemente. Tenía 93 años. Se murió durmiendo. O se durmió muriendo. Para el caso es lo mismo. Estuvo en La Habana un par de veces. La última fue en el 2002. Viajó a la isla para analizar en diálogo fraterno con Fidel Castro, todo lo más posible que pudiera analizarse sobre la llamada Crisis de los Misiles de 1962, cuando 27 cohetes nucleares, emplazados en territorio cubano, apuntaban al corazón de los Estados Unidos. Iba a ser la hecatombe. Entonces ya MacNamara era el Secretario de Defensa del imperio, cargo para el cual lo convocó Kennedy. Estaba, pues, en el centro de aquel torbellino. Después de tanto tiempo, tantas aguas pasadas bajos los puentes, la revolución envejeció. También Fidel. Ni qué decir Robert MacNamara. Las tormentas se habían aquietado, los odios otro tanto, y la guerra de Vietnam ya era algo lejano, un símbolo de los años 60’, su contienda bélica por excelencia. Durante su estancia en La Habana, alguien debió acompañar al viejo halcón yanqui hasta ese insignificante parquecito habanero, situarlo ante la estatua de Nguyen Van Troi, y decirle que esa escultura era un modesto homenaje rendido al joven vietnamita que intentó matarlo, en defensa de su propio país invadido.
Pero no ocurrió así. Después de todo, no dejaba de ser un detalle insignificante. No estaba incluido en el protocolo para el ilustre visitante. Nguyen Van Troi no tuvo tiempo de realizar grandes proezas. Cuando lo fusilaron, era un hermoso joven que tan sólo tenía 19 años. Dicen que antes de que sus matadores le dispararan, con las manos atadas a las espaldas tuvo tiempo de mirarlos a los rostros y gritarles con coraje: ¡Viva Ho Chi Minh! ¡Abajo los yanquis! Eso ocurrió más de cuarenta años antes de que Robert MacNamara muriera durmiendo –tranquilamente- en la confortable cama de su habitación.

viernes, 19 de junio de 2009

La Tierra no es redonda


Cierta vez, viajando desde Córdoba hacia Bariloche en agosto del 2002, contemplé extasiado, a través de la ventanilla del ómnibus, la pampa. No miraba hacia ningún sitio específico. Es imposible hacerlo. Si acaso, algunas vacas pastando por allá o repentinamente un árbol, tan sólo un árbol -que es como decir casi nada-, me distraían momentáneamente del hipnotismo de semejante desmesura plana. Si andas y andas y andas, qué encuentras del otro lado: otro horizonte detrás del cual nada hay que no sea otro horizonte adonde se arriba, andando, a otras planicies como las dejadas atrás. No hay principio ni fin. Nunca llegas a ningún horizonte.
Me dije entonces: Es imposible, la Tierra no es redonda.

Tomás Barceló Cuesta

19 de junio de 2009

2:32 de la madrugada

martes, 16 de junio de 2009

Momias vivientes (I)




Retrato de Nacha Guevara

Alguna vez asistí a un teatro de La Habana para disfrutar de un concierto de la ya entonces mítica Nacha Guevara. Ojerosa. Despeinada. Flacucha. Pómulos pronunciados. Parecía diluirse en las tonalidades quebradizas de su voz de mezzosoprano. Había algo en ella que la hacía apetecible. Tal vez su magro cuerpo de hippie arrabalera. ¿O eran acaso sus inmensos ojos que parecían contener su Buenos Aires lejano; ése Buenos Aires tan caro siempre para los cubanos? Los cubanos de entonces adoraban a la Nacha de noche, entre ellos yo. Y a pesar de la impresión que se tenía de su endeble cuerpo, como si fuera incapaz de resistir un fuerte abrazo sin quebrarse, más de uno hubiera querido poseerla. Yo entre ellos.
Pasó el tiempo y su nombre se perdió. ¿Dónde estaría Nacha Guevara? Su nombre y su figura hechos como de humo –que conservábamos desde los recuerdos-, nos llegaban a través de los ecos que daban cuenta de sus triunfos artísticos. Nada más.
Ahora, hela aquí. Creía ingenuamente que hoy fuera una de esas mujercitas bordeando la ancianidad, que llegan al final de sus vidas arrastrando a duras penas su carga de huesos desarmados. Una actriz gloriosa, sin duda, pero dispuesta para el retiro. Una abuelita flaca amando a sus nietos, contándoles anécdotas de su vivir festivo en el mundo del teatro y el canto.
Es otra mujer. Es cierto que su piel conserva la misma blancura, y esa extraña textura floral. Pero es otra Nacha. El botox y el bisturí han hecho buena obra. La silicona le ha permitido tener unos labios más gruesos, más besables; sus pómulos no son tan prominentes. Tiene ya 69 años. Acaba de interpretar en el teatro, con éxito y durante un largo tiempo, a Eva Perón. Y Eva perón, al morir, tan sólo contaba 33 años. Nacha Guevara, a punto de traspasar los umbrales de los setenta, a duras penas aparenta 40.
Está ahí, respondiendo con mesura e inteligencia, las preguntas que le hace el conductor del programa televisivo. Lleva puesto un vestido sencillo. Sus piernas de gacela cruzadas. El timbre de su voz parece ajustado a la edad que representa y no a la que realmente tiene. Una voz que brota de la caja de resonancia de un cuerpo deseable. Pero con el valor agregado de la sabiduría de una septuagenaria.
El lifting, el botox, y la silicona, más una dieta prolongada de vegetales y la mano diestra del cirujano plástico, armaron a esos huesos -que antaño contenían a otra Nacha Guevara-, con lo necesario para convertirlos en una mujer definitivamente hermosa. Ésta Nacha, además de joven, es bellísima. Hay que admitirlo.
Rastreé y encontré, en los indiscretos archivos de Internet, algunas fotos de la otra Nacha Guevara, la del exilio. Aquella Nacha que por primera vez descubrí en un teatro habanero, diluyéndose en las modulaciones de su voz. Quería comparar. Admito que me equivoqué: aquella Nacha de pómulos sobresalientes, de dientes algo grandes, de labios menos carnosos, de ojeras profundas (ojos sumidos en una especie de insomnio doliente), ya no existe. Y es una pena: su cuerpo era un fino tallo plantado en medio del escenario, y en su cima, rematando la armonía vegetal, la flor de su rostro con los pistilos de sus cabellos desordenados. Rara flor que terminó desapareciendo para que de sus restos surgiera esta otra mujer, una de las tantas más o menos bellas -muy parecidas-, que existen en el mundo, confecionadas en las salas de artesanía de la cirujía plástica.
Tomás Barceló Cuesta
Córdoba – 15 de junio del 2009

miércoles, 10 de junio de 2009

Orine al aire libre

Es un placer profundo orinar en la tierra. Dejar caer el chorro y observar cómo, además del ruidito que hace, se forma la espuma y se mezcla con el polvo para, acto seguido, ver aparecer el pequeño círculo de humedad, como un aporte de nuestros riñones a la irrigación del suelo. Es una auténtica manera de sentir que uno sigue perteneciendo al mundo animal. Que uno es, a fin de cuentas, un animal. Es otra cosa: una pequeña licencia que nos permitimos de integración con la naturaleza, contrario a tener que orinar en el inodoro y después halar la cadena. Ocultos tras las opresivas paredes del baño. Orinar a cielo abierto es un pequeño acto de libertad.
Azarías, el personaje central de Los santos inocentes, novela del español Miguel Delibes que Mario Camus llevó al cine, realizando una obra de arte de algo que ya lo era en términos literarios, orinaba a campo descubierto. Campesino al fin. Y solía, con frecuencia, orinarse las manos para calentarlas un poco ante la humedad y el frío circundantes. Era un retrasado mental, que cuidaba de una milana como si se tratara de una hija. El único afecto que tenía en el mundo. Su función, por la que no cobraba ni un céntimo, consistía en azorar a las perdices para que el amo del cortijo (los sucesos transcurren en Extremadura) pudiera dispararles mientras alzaban el vuelo. Un día el amo, ante la ausencia de perdices, y no teniendo a qué dispararle, le disparó a la milana de Azarías, y la mató. El retrasado mental termina vengándose. Ante la primera oportunidad, lanza desde la altura de un árbol una cuerda que rodea el cuello del señor. Haló hacía arriba con sus fuertes manos curtidas de orines. Haló duro. Con fuerza. Quienes no han leído el libro, o visto la película, podrán imaginar el final.
Recuerdo ahora Los santos inocentes porque hace apenas un rato oriné en plena vía pública. Específicamente, en la Plaza Jerónimo del Barco. Recién salía de una consulta odontológica. Sentí de prontos deseos de orinar. Atravesaba deprisa la plaza cuando descubro un niño, de unos ochos años, arrimado al tronco de un árbol mientras descargaba su vejiga con la mayor tranquilidad del mundo. Me acerqué. El niño me miró sin inmutarse. Me arrimé y ahí mismo hice lo que él hacía: orinar. Sencillamente eso. Regar el árbol con mis orines. El niño sonrió con cierta complicidad. Se fue. Unos segundos después lo hice yo. Desde un extremo de la plaza vi la figura de un policía avanzar hacia mí. Apresuré el paso. Terminé fugándome, sin mucha prisa, por una de las calles colindantes. Y pensé en esas pequeñas libertades que vamos perdiendo, tal como Azaríaz perdió su milana por el disparo criminal del señor del cortijo. Y, para siempre, la posibilidad de seguir meando sobre la tierra.
Tomás Barceló Cuesta
10-06-2009

sábado, 23 de mayo de 2009

MONDINO y el adiós al acné
























Por Tomás Barceló Cuesta.
MONDINO, nombre que en la propaganda política del gobierno de la provincia de Córdoba ha debido costar unos cientos de miles de pesos. Es el candidato del oficialismo provincial en la carrera a destiempo para ocupar una de las bancas del senado de la nación. Un nombre que por sí solo, por su peso, y hasta por su sonoridad, debería ganar. Todos saben a quién pertenece: al ombudsman, al defensor del pueblo argentino que durante los últimos años ha oficiado como tal. Es un hombre basto, carón, de expresión neutra. Parece sacado de un tambo, despojado de su indumentaria de granjero y puesto ahí, con su traje a la medida, bien maquillado, peinado y rasurado, para que cumpla dignamente su rol de candidato en campaña. Cuando discursea, lo hace con movimientos de robot (sus asesores deberían recomendarle algún relajante muscular antes de sus presentaciones tribunicias, o ese tipo de respiración yoga, diafragmática, tan eficaz para ocasiones como esas). Sabía de su existencia, ¿quién no sabe que hay un defensor del pueblo aunque a ciencia cierta no sepamos de qué nos defiende?, pero nunca había visto su rostro, hasta sus recientes apariciones en la televisión. No imaginaba que su rostro –el verdadero- estuviera tan devastado por el acné juvenil. Existe toda una teoría popular de que el excesivo acné juvenil es producto de una masturbación descontrolada. Eso les jode la cara a los púberes. Pero no habría que pensar que nuestro defensor tiene semejantes estropicios faciales debido a excesos onanistas durante su adolescencia.
Ha sido el primero de los candidatos de las distintas facciones políticas de Córdoba, en inundar con su presencia las calles de la ciudad. Repetidas hasta el aburrimiento, vallas con su rostro en primer plano, y algo más atrás, el de su mentor, el gobernador Juan Schiaretti quien, como un sello de garantía, esboza un gesto y una sonrisa que bien pudieran traducirse en algo así como: "Este es mi hombre, voten por él y no jodan más". Mediocridad subliminal. Pero las vallas, de todos los tamaños, en letras tan sólo tienen impreso MONDINO. Eso debería ser suficiente ¿no? Como el nombre de algunos de esos nuevos desinfectantes para baños que ahuyentan el mal olor. Quién no desea que su baño tenga fragancias florales y no olores a mierda.
El mayor logro está en el excelente trabajo de Photoshop que se hizo para disimular los horribles cráteres lunares en el rostro de nuestro obdudsman. Reglas Nº 1 de la publicidad: la apariencia es lo más importante. Lo demás es secundario. La propaganda pudiera rezar algo así como: MONDINO, nuestro hombre del peronismo cordobés. Aunque nunca faltará una mano clandestina que sobre su remozada cara escriba cualquier barrabasada. Si le hacemos caso a las encuestas, el producto MONDINO no se comprará. Algo que a nadie parece importarle mucho. A la vuelta de un par de meses ya estará olvidado. Los tiempos de los mercados corren deprisa. Desaparecerá de la misma vertiginosa manera conque apareció.

jueves, 21 de mayo de 2009

El hombre del instante preciso







Entrevista concedida al periodista Sebastián Sigifrido, de la revista El Vernáculo.




¿Cómo te iniciaste en el fotoperiodismo?
Después de estudiar durante un año fotografía deportiva, organizado por la Unión de Periodistas de Cuba y el Instituto Nacional de Deportes, comencé a trabajar en esta última institución al tiempo que publicaba mis trabajos en la revista LPV, patrióticas siglas que quieren decir: Listos Para Vencer.
Recién había salido del ejército, después de cumplir 3 años de Servicio Militar Obligatorio. Ese “encierro” obligado en una unidad militar, me soltó con una úlcera duodenal y mucha bronca con el mundo. De modo que me tomé esos estudios de fotografía, más que como vocación, como una manera de protegerme a mí mismo para no caer en un estado de desidia y ante el peligro de que me detuvieran y me aplicaran la llamada Ley del Vago, que en esos momentos existía en el país. Ése fue el impulso inicial. No tenía mucha idea de periodismo ni de nada salvo que, con la oportunidad de realizar estos estudios y la posibilidad de trabajar como fotógrafo después, no tendría que romperme el lomo trabajando como jornalero agrícola, algo que ya había hecho siendo apenas un adolescente, o en la construcción u otros trabajos igual de duros. En el instituto de deportes trabajé durante cinco años, cubriendo eventos y competencias deportivas y escribiendo y publicando alguna que otra crónica.

¿Quiénes fueron tus “maestros”? ¿Cuáles son tus influencias?
Tuve varios maestros, pero los dos más importantes fueron Rogelio Moré y Osvaldo Salas. El primero era además pintor. Tenía un sentido de la composición y del manejo de la luz, estrictamente pictóricos. Osvaldo Salas era un fotógrafo que vivió muchos años en los Estados Unidos. Había retratado a reconocidas estrellas norteamericanas del deporte y del cine. Hacía muy buenas impresiones en el laboratorio, además de solarizaciones, muy de moda por aquellos años. Era un constante innovador, era incansable. Pero todo eso no me interesaba tanto de él como las sorprendentes imágenes que lograba tomar de la cotidianidad de la vida.
En cuanto a influencias, nadie puede escapar de ellas. Pero el hecho de trabajar inicialmente la fotografía deportiva, me entrenó mis reflejos, que ya de por sí fueron siempre muy buenos. Con el tiempo empecé a interesarme más por los aspectos formales de la imagen, y mi vista se dirigió entonces, más allá de las tareas dentro del periodismo, a otros asuntos que, creo yo, tienen que ver con la aprehensión de cierta metáfora del instante. Era retratar el acontecimiento con las equivalencias posibles de los elementos que lo integran, con una composición que para mí resultara perfecta.
- En tu forma de trabajar siempre se conjuga la fotografía y la escritura ¿Ello obedece a que la imagen o el texto por si solos no siempre son lo suficientemente esclarecedores cómo quisieras?
Antes te contaré una anécdota: cuando tenía 14 años, leí en tan sólo unas pocas horas y de un tirón, una novela tan alienante y maravillosa a la vez como es Crimen y castigo. Me dejó turulato por unos cuantos días. Con esto quiero decirte que sufro de una compulsión casi enfermiza por la lectura. Fue el primero oficio que aprendí medianamente bien: el de lector. Ad honoren. Pero me sirve de refugio, a la par que a través de ella intento darme otra explicación de la vida. Con la escritura me sucede otro tanto, pero desde la construcción. Escribo la vida como yo la siento. O la imagino. La fotografía es distinta. Hay algo ahí que hay que retratar. Uno debe tener presente siempre eso. Cosas que suceden, que existen. Hay que mirar bien, y captar mejor, parte de lo que acontece en la realidad, con la intención de hallar otros mensajes que subyacen bajo su piel y que, en apariencia, no son vistos. A veces descubro en fotografías que he tomado, otras cosas que no percibí en un primero momento. En ocasiones, personas muy cercanas a mí son quienes hacen estos descubrimientos. ¿Esto qué viene a demostrar? La incapacidad de cualquier arte de representación –y la fotografía lo es, así como la narrativa, y hasta el defenestrado periodismo- de no ser esclarecedor de nada. Hay un amplio margen de subjetividad en todo. Y eso es lo fascinante. No se esclarece nada. Es nuestra mirada que construye algo distinto. No por gusto Albert Einstein es uno de los más grandes hombres que ha tenido la Humanidad. Su Teoría de la Relatividad viró el mundo al revés.

Respecto a la escritura, te has desempeñado tanto en el periodismo como en la literatura y también has incursionado ampliamente en la crónica. En tal sentido, ¿Tienes preferencia por algún género al momento de escribir una historia?
Dentro de la narrativa, prefiero el cuento. Es el más difícil, y requiere de una intensidad que no le hace tanta falta a la novela, que es un género de largo aliento, y más libre. Escribir un cuento medianamente bueno siempre es un desafío. Somerset Maugham sostenía que a toda novela, por muy buena que fuera, le sobran siempre una buena cantidad de páginas. Con el cuento es imposible. No puede tener muchas páginas, y las que tenga deben ser las que requiera. Ni más ni menos.
Del periodismo me gusta mucho realizar entrevistas de personalidad. Pero de todo, lo que más prefiero es escribir crónicas, porque conteniendo una buena dosis de periodismo -que en sus mejores intenciones intentará siempre la búsqueda y revelación de la verdad-, posee a su vez la subjetividad propia de la literatura. Dentro de la narrativa en general, es el género que más se ajusta a la dinámica vertiginosa de la vida.

Dentro del fotoperiodismo te has inclinado por la foto-documental ¿Qué te atrae particularmente de ese registro?
No estoy muy convencido de que mis fotos sean absolutamente documentales. Tampoco sé dónde encasillarlas. Mis compañeros de periodismo solían decir que mis fotos eran muy artísticas. Y algunos fotógrafos dedicados a la llamada fotografía artística, que eran muy documentales. De todas maneras, si tuviera que escoger entre una u otra, me quedaría con la fotografía documental. Es algo más preciso y directo. El concepto de fotografía artística me resulta ambiguo.

Las luchas sociales no te resultan ajenas y esto se refleja con claridad en tu obra ¿Cómo piensas la idea del intelectual comprometido con su tiempo?
Soy un hombre cuya actividad profesional tiene que ver con el mundo intelectual. Eso, en la vida de cualquier persona, es azaroso. Es lo menos importante. Algo que se ajusta al cumplimento de un deseo o una vocación. Pero en primer lugar, y por encima de todo, soy un hombre. Y mi mirada de hombre hacia el poder, es de absoluta desconfianza. Esto, de alguna manera u otra, se refleja en parte de lo que escribo o fotografío. El mundo está sostenido sobre un sistema absolutamente injusto, que es el capitalismo. Y sólo es posible cambiarlo mediante los movimientos populares revolucionarios y que estos, después, no sucumban al poder de un líder absoluto. Hubo intelectuales, los menos, que a lo largo de la historia se comprometieron con las causas más nobles, aquellas que estaban dirigidas a la reivindicación de las clases más desposeídas, los olvidados de siempre. Zola, defendiendo a Dreyfus a finales del siglo XIX; el poeta Miguel Hernández, cuya vida el franquismo quebró en una cárcel. José Martí, que, además de ofrecer su vida por la independencia de su país, escribió un texto fundacional donde reivindica al indio americano, en tiempos en que Sarmiento escribía sobre civilización y barbarie. El inclaudicable Eduardo Galeano. Che Guevara, figura ya mítica devenida en el símbolo esencial de la acción revolucionaria y el pensamiento más progresista del siglo XX. Hoy, en Argentina, reivindico a una figura como Osvaldo Bayer. Y, en forma colectiva, en una escala menos gloriosa tal vez, al movimiento nacional Carta Abierta, en el cual milito desde Córdoba, que sin encolumnarse con el gobierno nacional, le reconoce a éste todo lo positivo que ha hecho, al tiempo que le señala las muchas tareas pendientes, desaprobándole sus oscuridades y errores. Es un movimiento de intelectuales de diversas tendencias ideológicas que desde un espacio común, y salvando diferencias, intenta producir pensamientos e ideas opuestos al discurso hegemónico y vertical de los grandes medios, en la mayoría de los cuales, otra gran masa de intelectuales –a mi juicio salvaguardas del poder de estos últimos y de la oligarquía-encuentran su nicho de acción y pensamiento. Pero en general, los intelectuales son seres narcisistas, por demás insoportables, ovillados en su propio ombligo, adorándose como dioses únicos de sí mismos.

Puede señalarse que el fotoreportero que vivía en La Habana hasta fines de los 90’ y el que hoy está radicado en Córdoba es el mismo... Sin embargo, ¿Considerás que tu trabajo ha seguido una misma línea de continuidad entre Cuba y Argentina? ¿El cambio de “hábitat” trajo aparejado cambios –avances, retrocesos, rupturas, etc.- en algún plano?
No. Mi vida giró en 180 grados. De ejercer un periodismo constante, sin interrupciones, viajando de aquí para allá, a pasar de pronto a un aula y volcar ante una cantidad aproximada de 200 alumnos, mis modestos conocimientos para su introducción a la fotografía periodística. Es otro aprendizaje para mí, debo reconocerlo. Por otro lado, asumiéndolo de manera aún más positiva, puedo dedicar más tiempo a la escritura. Y a la fotografía, pero desde una mirada más rigurosa, ajena a las presiones del periodismo. Y a sus censuras editoriales e ideológicas, que siempre existieron en cualquier lugar del mundo. Hoy más que nunca.
De todas maneras, aun sigo publicando crónicas, entrevistas y reportajes en revistas como Recovecos. He publicado en la Voz del Interior, en Hoy día Córdoba, en publicaciones importantes de la RED, como rebelión.org, y otras. No puede vivir sin hacer periodismo, de una u otra forma. También mantengo mi blog personal: http://www.ternurayrabia.blogspot.com/ y mi sitio web: http://www.tomasbarcelo.com/

La enseñanza es otra de las actividades que desarrollás en Córdoba. La situación de la educación en Argentina no es óptima: la inversión del Estado es escasa, el rol del docente está desvalorizado, los sueldos son magros, ¿Qué te hace continuar con esta tarea? ¿Lo sientes -lo vives- como una vocación?
Mi vocación no es la docencia. Pero siempre me gustó enseñar. Suelo ser muy paciente con aquellas personas que por alguna razón u otra requieren de mí que les enseñe algo que yo sé. Debe ser porque a la vez yo soy un constante demandador de información, y hasta de enseñanza, por mi curiosidad congénita. Siempre estoy preguntando, queriendo saber algo. Intento no quedarme con ninguna duda. Partiendo de esa premisa personal, me siento cómodo entonces con la enseñanza. Y de paso, aprendo enseñando.

Existe una vieja discusión que tiende a enfrentar a quienes defienden la ‘formación académica’ en contra de aquellos que reivindican una ‘formación de oficio’, ¿Se puede “enseñar” a ser fotoreportero? ¿Cuáles son los límites que se plantean?
Las escuelas de comunicación social, donde, entre otras especialidades se forman también periodistas, muchas veces contienen un excesivo academicismo. Es cierto. Tendrían que hacerse ciertas reformulaciones de los programas en las que se busque un equilibrio entre teoría y praxis. El aprendizaje teórico es necesario, hasta muy importante. Pero la práctica lo es otro tanto. De hecho, grandes periodistas de la historia, y otros tantos que hoy ejercen esa profesión, nunca traspasaron las puertas de facultad alguna. No se licenciaron de nada. Yo mismo estudié periodismo muchos años después de tener ya consolidado un prestigio profesional.
Con el fotoperiodismo ocurre otro tanto. La mayoría de los fotorreporteros ejercen el oficio sin haberlo estudiado. Pero con la fotografía, a nivel de academia, ocurre algo desastroso. Las escuelas de comunicación no le conceden el interés que merece. Contienen tan sólo magros programas, con escasos recursos humanos y técnicos. Algo increíble en una época dominada por la imagen cuyo soporte principal es la fotografía. Herramienta importantísima de manipulación de los mensajes, razón por la cual, pienso que desde edades tempranas se le debe enseñar a los niños el estudio de la imagen. Una asignatura cuyo nombre debiera ser sólo eso: Imagen. Debió implementarse desde hace años. Es un lenguaje definitivamente asentado, con su particular gramática de construcción.

Por último ¿Qué consejos les darías a los jóvenes que desean iniciarse o comienzan a transitar la senda del fotoperiodismo?
No soy muy bueno dando consejos. Pero si de algo pudiera servirles a esos hipotéticos jóvenes, les diría que el 90% de la mirada que han de lanzar sobre la vida no debe ser nunca complaciente, dando por hecho de que lo que tienen ante sus ojos puede ser de otra manera y no como aparentemente se muestra. El 10% restante, dedicarlo a otorgarle una correcta composición a lo que ven y accionar el obturador en el instante preciso.

lunes, 20 de abril de 2009

¿Dónde está el ombligo de la ciudad?


Por Tomás Barceló Cuesta

Las ciudades son espacios de la despersonalización. Aquí, por ejemplo, en este poste, algo que pudiera ser una nimiedad: un filósofo, para anunciar la venta de sus consejos filosóficos, tal vez con la ayuda de la cartomancia, pegó un pequeño cartel del que sólo puede leerse Metafísica, arte de ser feliz. El resto del anuncio que no dudamos sea sustancioso, además de contener dirección, teléfono, y horarios de consulta, quedó cubierto por otro cartel, de un tamaño más o menos parecido, en el que se convoca a una marcha ciudadana que ocurrirá quince días más adelante, para reclamarle al gobierno que no suspenda el apoyo a las escuelas públicas porque afectará a miles de niños, y de paso defiende la educación para todos, haciendo además una defensa del maestro público. Es un reclamo de una de las dos centrales de trabajadores más poderosas del país. Sus afiliados suman millones. Uno piensa que es demasiada gente disputándole un espacio a un solo pobre filósofo.Un cartel niega al otro, al superponérsele. Le roba el espacio que el primero consiguió con no poco esfuerzo. Porque apenas quedan lugares donde poner nada, donde pegar cualquier cosa, siquiera un mínimo letrero que anuncie Afilo tijeras y cuchillos. Aunque el pretendidamente negado, el que anuncia la posibilidad de conseguir la felicidad mediante una metafísica doméstica, pugna por salvarse, dejando ver su encabezamiento. Así, de esa manera, la ciudad, al menos esta parte denominada “el centro”, que viene a ser algo así como su ombligo, es un terreno de nadie. Un duro campo de batalla. Aquí se dirime la atención del ciudadano. Se le arroja a sus ojos, constantemente, segundo tras segundo, paso tras paso, las miles de maravillosas cosas que puede comprar: desde tijeritas ideales para cortar los pelos de la nariz, un tornillo para colgar un cuadro en la pared, medicamentos, libros, trajes, vestidos, zapatos, desodorantes que nunca te abandonan, juguetes, papelerías, inmobiliarias, juegos de azar, kioscos, bares, café, desayunos, comidas, dulces, panes, bebidas, y un sinfín de productos que juntos suman millones y millones. Millones. Para cada uno de estos sitios de expendios, hay un indicador. Un llamado. Un anuncio: Ven y compra. La resistencia es débil. Apenas existe. Siempre habrá quien se adelante a una cefalea, o a un insomnio, y compre el remedio antes que la enfermedad. Es imposible resistirse.Es una bella selva el centro.Pegatinas, pequeños anuncios. De medianos tamaños, otros más grandes, algunos gigantescos, ubicados convenientemente en esquinas y zonas estratégicas, que cubren fachadas enteras de edificios donde aparecen esas modelos semidesnudas anunciando perfumes, desodorantes, lencerías, vestidos, algunas de las cuales con mal disimuladas expresiones de vampiras tragahombres, y otras, con expresiones que lindan lo angelical con lo pornográfico (pudiera sospecharse por ello un crecimiento en la cifra de violadores). Algunas de las modelos aparecen perniabiertas, con bombachas transparentes que insinúan, pero nada dejan ver, aunque los machos al pasar creamos que sí, llevándonos la ilusión de haberles “visto eso”, y haberlas “poseído” con un orgasmo mental tan fugaz que su duración alcanza tan sólo los segundos de tránsito ante el anuncio. Hay dos o tres iglesias, frente a las cuales, cuando pasan, hombres y mujeres se persignan. En la entrada de una de ellas, desde los remotos tiempos de su construcción, hay una mujer sentada, cuyo rostro es inmutable. Piel oscura, renegrida de sol y frío. Piel de otros tiempos. Parece de piedra. Una escultura al estilo de Guayasamín. Siempre está ahí. Siempre ha estado ahí. Es muy probable que en el momento en que se puso el último ladrillo que dio por concluida la construcción del templo, en ese instante esa mujer plantó su presencia para que la iglesia tuviera su ornamento de pobreza, algo muy vinculado a la cristiandad, marketing del catolicismo. Su figura se ha vuelto imprescindible, tal como sucede en casi todas las iglesias de los pueblos y ciudades de Latinoamérica. Eso contribuye a que los más pudientes, lo mismo al entrar al templo como al salir, tengan la oportunidad de limpiar sus almas dejando caer una limosna en la mano oscura, siempre dispuesta a recibirla. Una especie de alcancía del dolor. El centro cubre varias manzanas. Irradia concéntricas ondas mercantiles hacia todas direcciones. Hay un kiosco de periódicos, donde proliferan las revistas a través de las cuales la televisión extiende sus tentáculos de ilusión. ¿Dónde está en fin, el ombligo de la ciudad? Puede ser el trasero deformado por el lente gran angular de esa vedette sensual, que desde un afiche en venta el Che mira con furia y desde otro afiche, en venta también, Cristo observa con piadosa curiosidad.