lunes, 20 de abril de 2009

¿Dónde está el ombligo de la ciudad?


Por Tomás Barceló Cuesta

Las ciudades son espacios de la despersonalización. Aquí, por ejemplo, en este poste, algo que pudiera ser una nimiedad: un filósofo, para anunciar la venta de sus consejos filosóficos, tal vez con la ayuda de la cartomancia, pegó un pequeño cartel del que sólo puede leerse Metafísica, arte de ser feliz. El resto del anuncio que no dudamos sea sustancioso, además de contener dirección, teléfono, y horarios de consulta, quedó cubierto por otro cartel, de un tamaño más o menos parecido, en el que se convoca a una marcha ciudadana que ocurrirá quince días más adelante, para reclamarle al gobierno que no suspenda el apoyo a las escuelas públicas porque afectará a miles de niños, y de paso defiende la educación para todos, haciendo además una defensa del maestro público. Es un reclamo de una de las dos centrales de trabajadores más poderosas del país. Sus afiliados suman millones. Uno piensa que es demasiada gente disputándole un espacio a un solo pobre filósofo.Un cartel niega al otro, al superponérsele. Le roba el espacio que el primero consiguió con no poco esfuerzo. Porque apenas quedan lugares donde poner nada, donde pegar cualquier cosa, siquiera un mínimo letrero que anuncie Afilo tijeras y cuchillos. Aunque el pretendidamente negado, el que anuncia la posibilidad de conseguir la felicidad mediante una metafísica doméstica, pugna por salvarse, dejando ver su encabezamiento. Así, de esa manera, la ciudad, al menos esta parte denominada “el centro”, que viene a ser algo así como su ombligo, es un terreno de nadie. Un duro campo de batalla. Aquí se dirime la atención del ciudadano. Se le arroja a sus ojos, constantemente, segundo tras segundo, paso tras paso, las miles de maravillosas cosas que puede comprar: desde tijeritas ideales para cortar los pelos de la nariz, un tornillo para colgar un cuadro en la pared, medicamentos, libros, trajes, vestidos, zapatos, desodorantes que nunca te abandonan, juguetes, papelerías, inmobiliarias, juegos de azar, kioscos, bares, café, desayunos, comidas, dulces, panes, bebidas, y un sinfín de productos que juntos suman millones y millones. Millones. Para cada uno de estos sitios de expendios, hay un indicador. Un llamado. Un anuncio: Ven y compra. La resistencia es débil. Apenas existe. Siempre habrá quien se adelante a una cefalea, o a un insomnio, y compre el remedio antes que la enfermedad. Es imposible resistirse.Es una bella selva el centro.Pegatinas, pequeños anuncios. De medianos tamaños, otros más grandes, algunos gigantescos, ubicados convenientemente en esquinas y zonas estratégicas, que cubren fachadas enteras de edificios donde aparecen esas modelos semidesnudas anunciando perfumes, desodorantes, lencerías, vestidos, algunas de las cuales con mal disimuladas expresiones de vampiras tragahombres, y otras, con expresiones que lindan lo angelical con lo pornográfico (pudiera sospecharse por ello un crecimiento en la cifra de violadores). Algunas de las modelos aparecen perniabiertas, con bombachas transparentes que insinúan, pero nada dejan ver, aunque los machos al pasar creamos que sí, llevándonos la ilusión de haberles “visto eso”, y haberlas “poseído” con un orgasmo mental tan fugaz que su duración alcanza tan sólo los segundos de tránsito ante el anuncio. Hay dos o tres iglesias, frente a las cuales, cuando pasan, hombres y mujeres se persignan. En la entrada de una de ellas, desde los remotos tiempos de su construcción, hay una mujer sentada, cuyo rostro es inmutable. Piel oscura, renegrida de sol y frío. Piel de otros tiempos. Parece de piedra. Una escultura al estilo de Guayasamín. Siempre está ahí. Siempre ha estado ahí. Es muy probable que en el momento en que se puso el último ladrillo que dio por concluida la construcción del templo, en ese instante esa mujer plantó su presencia para que la iglesia tuviera su ornamento de pobreza, algo muy vinculado a la cristiandad, marketing del catolicismo. Su figura se ha vuelto imprescindible, tal como sucede en casi todas las iglesias de los pueblos y ciudades de Latinoamérica. Eso contribuye a que los más pudientes, lo mismo al entrar al templo como al salir, tengan la oportunidad de limpiar sus almas dejando caer una limosna en la mano oscura, siempre dispuesta a recibirla. Una especie de alcancía del dolor. El centro cubre varias manzanas. Irradia concéntricas ondas mercantiles hacia todas direcciones. Hay un kiosco de periódicos, donde proliferan las revistas a través de las cuales la televisión extiende sus tentáculos de ilusión. ¿Dónde está en fin, el ombligo de la ciudad? Puede ser el trasero deformado por el lente gran angular de esa vedette sensual, que desde un afiche en venta el Che mira con furia y desde otro afiche, en venta también, Cristo observa con piadosa curiosidad.

jueves, 12 de febrero de 2009

Retrato de un cóndor triste

En la breve semblanza sobre el cóndor que ahí aparece, debieron agregarse otros datos. Por ejemplo: que es una de las aves que más dominio tiene de las alturas y que su visión es de larguísimo alcance, lo que le permite ver su comida – fundamentalmente animales muertos- desde enorme distancias. Que es fiel a su pareja. Y que es símbolo de culto entre las culturas de los pueblos andinos.
Es de suponer que el zoológico de La Habana, donde fue tomada esta foto, obligado a la síntesis no pudo cumplir tal acto de justicia. Porque de eso se trata: de justicia: decir en toda su extensión y cabalidad lo que es el ave que dentro de la jaula se encuentra prisionera y humillada, para solaz de los hombres y mujeres, y niños, que de tarde en tarde acudimos a estos lugares de encierros como son los zoológicos, en donde encontramos distracción a costa de la libertad de otros seres.
El cóndor es, en esencia, un símbolo de libertad. Otro de los datos ausentes.
En mi sueño recurrente me veo volando. Y es lo mejor que he soñado en mi largo historial de sueños. En cambio, en mis pesadillas recurrentes, la más terrible de todas es aquella en la que de alguna manera siento los límites que me impone el encierro.
En el cartelito debió aparecer el siguiente llamado: “Vea esta jaula: está vacía. ¿Por qué? Porque los cóndores nacieron para volar, que es una de las maneras más auténticas de ser libres”. De haber sido escrito eso, y de haber estado vacía la jaula en directa correspondencia con el enunciado del cartel, entonces éste no terminaría siendo lo que es: una incongruencia detestable.
El cóndor está ahí. Y no parece un cóndor: imagínenlo: es tan sólo un pájaro cabizbajo, con las alas recogidas y mirando hacia el suelo, el único lugar adonde sólo mira desde las alturas del cielo, buscando sus alimentos.
Está ahí.Y la gente, adultos y niños, desde el lado de acá de la jaula lo contemplan con esa mirada didáctica y complaciente que nos acompaña cuando visitamos los zoológicos, y hasta llena de asombro: ¡un cóndor! Cuando es tan sólo un pájaro roto.
Si no aparece su retrato, es para no mostrarlo en la indignidad de su encierro.
12 de febrero de 2009

domingo, 25 de enero de 2009

Un retrato de Nicolás Guillén

Por Tomás Barceló Cuesta
En su autobiografía Confieso que he vivido, al tomar venganza roñosa contra ciertos escritores e intelectuales cubanos, Pablo Neruda escribe: “Guillén el bueno, el español”. De esa manera sutil y elegante, hacía mención a Jorge Guillén, el gran poeta de Valladolid e ignoraba, o pretendía ignorar, al tiempo que lo descalificaba, al no menos grande poeta cubano de Camagüey, Nicolás Guillén. Cuentan que en cierta ocasión, alguien se acercó al poeta de Sóngoro Cosongo y le preguntó si había leído el libro de Neruda. Nicolás Guillén contestó con irónica sonrisa y paródica frase: “Ah, sí, leí Confieso que he bebido”. Con tan fina estocada le devolvía el golpe al poeta chileno y, sin decirlo directamente, lo tildaba de borracho trasnochado.
Retraté a Guillén varias veces. Conversé con él solamente dos. La primera ocasión sucedió en el pequeño aeropuerto de Camagüey. Estaba con un compañero del periódico esperando el avión que nos devolvería a La Habana. Nos enteramos de su presencia en el salón VIP. Decidimos entrevistarlo. Bastó que mostrásemos nuestros carnés de periodistas para que Consuelo, una diligente muchacha que trabajaba en relaciones públicas, nos condujera hasta el poeta.
Al trasponer la puerta del salón, lo descubrimos solo, mirando ensimismado a través de los cristales la pista reverberante de los aviones. Temimos interrumpirlo en su contemplación. Porque se supone que los poetas, navegando o volando siempre, nunca están donde unos los ve o descubre, ni miran lo que se cree que están mirando, sino que andan por otros mundos y regiones. Suelen ver pájaros donde hay aviones, aviones donde hay pájaros, mares en las llanuras, llanuras en los mares, una nube en un barco, un barco en una nube navegando por los cielos. Sino, no fueran poetas. Al girar la cabeza con movimiento lento de hipopótamo, se percató de nuestra presencia. Hizo un gesto casi imperceptible con la mano, como si apartara algún pensamiento, o verso fugaz, que en esos momentos le rondaba su nevada cabeza.
Nos sentamos a su lado y comenzamos la conversación. Me sorprendió su voz grave, con resonancias de contrabajo. Pocos minutos después entró una empleada cargando una bandeja con fiambres y vasos llenos de buena cerveza cubana que depositó sobre una mesita cercana. Presuroso, Guillén extendió su regordeta mano hacia la bandeja, y con ávida precisión agarró lascas de jamón y queso, las enrolló con maestría de comelón y con rápido movimiento se las llevó a la boca –esa inmensa boca suya de tragón-, para engullirlas en un santiamén. Repitió la operación tres o cuatro veces más. Hizo desaparecer después, casi de un solo buche, un vaso de cerveza en su profunda garganta de bebedor.
Le pedí que me permitiera hacerle algunas fotos. Salimos al exterior. Dimos algunas vueltas cerca por allí. Se paraba y yo lo retrataba. Solía detener sus saltones ojos en el lente de la cámara con total indiferencia y mansedumbre. Le hice posar junto al busto de Ignacio Agramonte, el héroe independentista camagüeyano, ubicado en la entrada del aeropuerto. Después de hacerle algunas fotos, me confesó que no le gustaba la escultura. “Es algo horrible”, me dijo. Le pregunté por qué. “No se parece en nada al Mayor. Pero creo que tampoco podría responderle con exactitud su pregunta, jovencito, será acaso porque no me gustan las estatuas”.
Pasamos de nuevo al salón. “No hablemos más de mí”, me dijo, hablemos de ese artefacto que tiene en sus manos con el que lleva torturándome más de media hora”. Nos sentamos de nuevo y yo pasé a explicarle los mecanismos de la cámara fotográfica. “Estos numeritos que ve aquí, Guillén, sirven para regular la entrada de la luz a la película, estos otros también”. Me interrumpió. “La luz es inatrapable, joven, con un poco de buena suerte sólo apresamos su huella”.
Años más tarde, caminando una tarde por El Vedado, lo encontré por las inmediaciones de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, de la que fue su presidente hasta su muerte. Parado en la acera, miraba con el mismo ensimismamiento hacia las alturas. Me detuve. Lo observé por unos segundos sin que se diera cuenta. Después me acerqué a él. Lo saludé. Me miró y al instante me di cuenta de que no se acordaba de mí. Pero me respondió el saludo con cortesía. Acto seguido, apuntando hacia el cielo me dijo: “Mire hacia arriba, dígame que ve”. Alcé mi vista hacia el punto que me señalaba. Una nube, con bordes dorados por la luz crepuscular, colgaba estática en el cielo. “Veo un barco”, le dije. “¿Seguro que ve un barco?” “Sí, Guillén, es un barco lo que veo”. “Gracias a dios”, contestó él, “pensé por un momento que estaba equivocado”.
Me dio la espalda. Al alejarse con paso cansino, grabó en mi mente la última imagen que conservo de él: un pequeño paquidermo de melena blanca, vistiendo una blanca guayabera.
Enero -2008

martes, 13 de enero de 2009

Un retrato de Fidel Castro

Por Tomás Barceló Cuesta
Una de las tantas ocasiones en las que como fotógrafo cubrí una actividad con Fidel Castro, ocurrió en la Marina Hemingway. No preciso la fecha. Pero sí que en un momento, bajo un sol de media tarde que rajaba las piedras, nos vimos todos, periodistas y demás personas, entre las que se encontraban también algunos niños pioneros, rodeando la figura del comandante. Sudábamos copiosamente, achicharrándonos con aquel calor infernal.
En el pequeño acto improvisado, alguien hablaba. Fidel Castro permanecía callado, observando y escuchando con atención. Después de moverme de un lugar a otro, buscando mejores ángulos y haciendo fotos, terminé ubicándome muy cerca de su figura, en un lugar privilegiado. Siempre, en las decenas de actividades que reporté estando él presente, mi preocupación fue la de todo reportero que, en semejantes circunstancias, intenta captar la instantánea donde el personaje aparezca ubicado en el lugar conveniente con el escenario de fondo y los elementos que lo rodean -personas sobre todo-, contribuyendo a realzar su figura, tal como ha sucedido con los estadistas y líderes que en la historia del mundo han sido.
En un momento dejé de fotografiarlo. Me sentía agotado, el calor me aplastaba. Me senté en el piso para tomar un descanso. Entonces pude, con tranquilidad, posar mi mirada en el rostro del hombre. Nunca antes había tenido la oportunidad de hacerlo, al menos desde tan corta distancia sin la presión de tener que retratarlo. Estaba a unos escasos metros de mí. O yo de él. Me preguntaba cómo era posible que se mantuviera dentro de su traje verde olivo bajo aquel sol abrasador, con su chaqueta cerrada hasta el cuello, sin que nada en su rostro -un gesto repentino, un mohín, una mueca-, denotara contrariedad o desagrado alguno. La eterna gorra encasquetada sobre su cabeza. Algunas gotas de grueso sudor le corrían por la frente. Sólo eso. Por esa época, ya asomaban debajo de sus ojos esas bolsas que con el tiempo se hicieron más notorias, otorgándoles esa expresión de acusado cansancio en su rostro de anciano. Es decir, en esos instantes, observándolo sin que él se diera cuenta, creí descubrir su ya inocultable vejez. Era algo sorprendente. Porque sin que nos diéramos cuenta, ése agitador nato que siempre fue Fidel Castro; abogado que asumió su propia defensa después de fracasar en el intento de apoderarse de un cuartel militar en Santiago de Cuba para arengar desde ahí al pueblo cubano para la sublevación contra la tiranía de Batista, permitiéndose en su alegato el lujo de predecir, con absoluta seguridad, lo que haría cuando asumiera el poder; ese presidente incansable cuya vitalidad y energías terminaron destrozando los nervios de varias generaciones de guardaespaldas; ése estadista que había salido airoso de cientos de intentos de asesinato de la CIA; ese tribuno que impuso récords mundiales de discursos sin pausas conversando durante horas con el pueblo en la Plaza de la Revolución, donde con frecuencia, sin que le temblara la voz en aquellos primeros actos maratónicos, solía gritarle a los yanquis hijos de perra; ese trashumante feroz en el tiempo, insomne contumaz, voraz lector que consumía todos los días cientos de páginas de periódicos e informes para estar al tanto de lo que sucedía en el mundo, que leía por igual a escritores tan dispares como García Márquez y Stephen Hawking; artífice de reformas agrarias, de planes de alfabetización, de campañas azucareras; estratega militar que desde su oficina en el Consejo de Estado, desplegando mapas militares sobre su buró de trabajo, fue capaz de dirigir con éxito más de un combate librado por tropas cubanas en escenarios bélicos en países tan distantes como Etiopía o Angola; impulsor de planes lecheros para intentar distribuirle leche a toda la población que terminaron en un rotundo fracaso; creador de una solidaridad mundial de la educación, que lo llevó a becar a miles de estudiantes provenientes del Tercer Mundo para que cursaran gratuitamente las más disímiles carreras en Cuba; que había desperdigado por el planeta a calificados profesionales de la medicina, la educación, el deporte; que a través de los años había sembrado, con clandestina eficiencia, decenas de espías en territorio norteamericano para preservar la integridad de Cuba; que colocó al mundo al borde de la Tercera Guerra Mundial, desplegando en territorio cubano veintisiete cohetes nucleares rusos apuntando al corazón de los Estados Unidos; padre de varios hijos, de los que nunca habló públicamente porque resguardó con celo su intimidad personal; ese mito de hombre ya era un viejo, un inminente anciano. Su rostro denotaba un profundo cansancio, como si el motor interno de su cuerpo, que lo llevó a lo largo de cuarenta años a vivir constantemente en el huracán arrasador de una existencia sin descanso, se estuviera apagando ya, vencido por el implacable tiempo.
Lo observé durante un largo rato. De repente, sin yo esperarlo, giró la cabeza y sus pupilas se posaron en mí. Durante unos segundos nos miramos. Sostuve su mirada de la mejor manera posible. Sentí que me taladraba. De pronto, como tocado por un invisible rayo, sus ojos se avivaron, cobraron fuerza, brillaron, volvieron a ser agudos y penetrantes. ¿Qué vio en mí, qué evocación le trajo ese hombrecito que era yo, sentado en el suelo, a la altura de sus botas de comandante, con una cámara fotográfica en las manos? Pensé que lo mejor que podría hacer, era tomarle una fotografía. Porque raras veces los míticos hombres como Fidel Castro, aparecen retratados mirando al lente de la cámara, imagen que de lograrse y darse a conocer más tarde, posarán sus ojos indefectiblemente y para siempre en todo aquel que se detenga ante ella. Pero la mirada de los líderes suelen tener otros alcances, suelen dirigirse hacia un punto distante e impreciso, ubicado más allá, por encima de todos. Alcé mi cámara a la altura del rostro, hice un encuadre, y en los momentos de accionar el obturador inmediatamente él dirigió la vista hacia otro lugar, tal vez hacia ese punto impreciso donde miran los hombres que se saben dueños de un poder absoluto.
La mirada de un hombre puede decirnos muchas cosas. Pero la lente de una cámara es inescrutable, peligro latente ante el cual siempre estaremos indefensos. Inclusive los hombres que detentan el poder.
2005 - 2008.

martes, 9 de diciembre de 2008

Ven y mira


Por Tomás Barceló Cuesta

Ni Klaus Kinski, ni Brando, Jack Nicholson, Tom Hanks o Javier Bardem. El mejor actor que he conocido en mi vida me lo tropecé en la calle Belgrano, casi esquina 27 de abril, en la ciudad de Córdoba, Argentina, en los momentos en que hacía una de sus magistrales interpretaciones del dolor. Estaba agachado en la acera, recostado a una pared. Lloraba. Era un llanto sordo, apagado, silencioso. Un llanto sin estridencias y con abundantes lágrimas. Tenía un rostro oscuro, en el que se apreciaba la huella imborrable de la ascendencia aborigen. Un chico que no tendría más allá de diez años. Quizás menos. Resulta difícil calcular la edad en un rostro que sin haber terminado la infancia ya es el rostro de un viejo. Cómo es posible que en tan corto tiempo se envejezca tanto y tan intensamente. Hay que saber interpretar el dolor, interpretarlo con verdadero sufrimiento, sino la actuación, o los efectos que ésta espera lograr en los demás, se va al carajo. En ven y mira, film soviético realizado en 1985, su director Elem Klimov nos narra a través del rostro de un niño, pero sobre todo a través de sus ojos, la masacre que las hordas nazis llevaron a cabo en una aldea bielorrusa durante la II Guerra Mundial. Al final de la historia ese niño no es un niño sino un viejo. Es decir: sigue siendo niño, porque los episodios vividos por él duran apenas horas. Lo que sucede es que hay vivencias que de tan intensamente horrendas, tan bárbaras e inhumanas, por un proceso inexplicable la química del sufrimiento hace que se salte sin pausas de la niñez a la vejez. O se encanezca en apenas unas horas. Tal fue la actuación de Alexei Kravchenko, el actor niño protagonista de Ven y Mira, que cierta estúpida crítica occidental no dudó en comentar que para que el actor niño lograra semejante actuación debió hacerlo bajos los efectos de alguna droga, sino no era posible.
Llorar, y llorar. Es la actuación de este otro niño cordobés. Y cuando alguien se le acerca, éste pequeño actor no es capaz de articular palabra alguna, tal es el dolor que lo atraviesa, que verdaderamente siente. Pero el otro insiste, porque no es posible ver sufrir a un niño de esa manera y no intentar socorrerlo, preguntarle al menos qué le sucede. Eso hice yo. Qué te sucede, le pregunté. Nada, me respondió. Pero insistí. Y él, sin dejar de llorar, quedó callado. Le puse la mano en el hombro. Puedo ayudarte en algo, insistí. Me miró a los ojos. Debió darse cuenta de que conmigo acababa de ganar un admirador más con su actuación. Balbuciendo me contó en pocas palabras que le habían robado diez pesos y que su padre lo mataría a golpes si llegaba a su casa sin el dinero, pues había salido a hacer un encargo. Le tendí un billete de diez pesos. Él negó con la cabeza. Insistí. Siguió negándose. Hasta que agarré una de sus manos sucias y deposité en ella el billete. Me fui de allí, satisfecho y feliz, como puede estarlo uno de esos católicos después de haber realizado una buena acción ante los ojos de Dios, como limpieza perentoria del alma.
Doce días después volví a encontrármelo. En esta ocasión estaba en la esquina de Chacabuco y San Jerónimo. Idéntico a la primera vez. Nada había cambiado en él. Ni siquiera las ropas. La misma pose: agachado con la espalda pegada a la pared. Gimoteando. Llorando. La gente pasaba por su lado sin siquiera mirarlo. Hasta que una señora se detuvo. Debió hablarle. Y él repitió el mismo gesto que tuvo conmigo: negar con la cabeza. La señora abrió un monedero y le dio un billete. Desde la distancia que nos separaba no pude distinguir cuánto dinero era, pero debió ser un billete de diez pesos. O tal vez no: a veces suele introducirse en los libretos ciertos cambios. Esto sin contar con aquellos que surgen al calor de la improvisación del actor. Cuando hubo pasado un tiempo prudencial después de haberse retirado la señora, el niño se levantó, atravesó a la vereda de enfrente y llegó hasta la esquina. Ahí lo esperaba un hombre bajo y regordete. El niño le dio el dinero. Cuando regresaba al mismo lugar, pero cruzando por la esquina, se topó conmigo. Ni siquiera reparó en mí. Me di cuenta de que su rostro ya era una máscara. Una irreparable máscara del sufrimiento para todo el tiempo que le quedaba de vida. Fue y se sentó en el mismo sitio. Comenzó a llorar, a gimotear. Actuando su dolor en el gran escenario de la ciudad que lo rodeaba.
Córdoba, Argentina- 9 de diciembre de 2008

lunes, 8 de diciembre de 2008

Jaque mate


Por Tomás Barceló

Foto del autor


Fueron como dos cigarrillos prendidos que repentinamente me pegaron en la pierna derecha, a la altura del muslo. La gruesa tela del jean no pudo protegerme del impacto: esas dos brasas ardientes quemándome la piel. El autor había sido el cana que con frecuencia se salía del compacto pelotón de policías, avanzaba unos metros, alzaba su fusil a la altura del rostro y, con absoluta tranquilidad, como si cazara pájaros, disparaba. Era un tipo joven, de buen porte, tenía cuerpo de atleta, el rostro oculto tras la careta antimotín, y, al igual que sus compañeros, se cubría el torso con un chaleco antibalas. Con cada disparo, por el cañón de su fusil salía una lluvia de pequeños y duros balines de goma con el único fin de impactar en los cuerpos de los manifestantes. A mí me tocaron con dos. Casi me hicieron doblar del dolor. Esas dos brasas quemándome la pierna. Tuve que abandonar durante unos minutos mi labor de fotorreportero y cubrirme tras el tronco de un árbol, porque la granizada de balines no cesaba. Venían de cualquier parte: ahora también del pelotón, y de otros policías apostados tras algunas columnas de la recova del Cabildo. Esa táctica se repitió una y otra vez -hasta convertirse en una rutina-, en la desigual batalla que inexplicablemente duró varias horas. Hay que admitirlo: hubo delirante heroísmo de un lado: algunos muchachotes del sindicato de Luz y Fuerza avanzaban a veces hasta llegar a escasos metros del pelotón de policías, para lanzarles piedras que se estrellaban en sus escudos y cascos. Y, del otro lado, formando un solo cuerpo oscuro y compacto, como un enorme monstruo de cabezas refulgentes, estaban los policías, asumiendo el frío y metódico cumplimiento de tener que impedir a toda costa que unos tipos, cargados de furia y adrenalina, llegaran hasta la legislatura, irrumpieran en ella y posiblemente sacaran a patadas a los legisladores oficialistas allí reunidos, porque votaban una ley que desde todo punto de vista les parecía inadmisible, por el recorte a las jubilaciones y, lo que es peor aun, la modificación que se introduce en la Ley Previsional para que en el futuro nadie pueda tener más jubilaciones con semejante monto.
Fue una jugada rápida y efectiva del gobernador Juan Schiaretti, un hombre que llegó al poder bajo sospecha de fraude y con las arcas de la provincia vacía. Para remediar semejante e insólita desmesura, en una provincia que por su extensión y tierras es una de las más ricas de Argentina, además de sus reclamos al gobierno nacional para que le envíen el dinero que le adeudan, y al que de paso culpaba de las desgracias provinciales, lo primero que se le ocurrió fue lanzar y hacer que sus legisladores aprobaran a toda prisa la ley de marras. Schiaretti, cincuentón, es un contador público de discurso gris, figura reciclada, como tantas otras, de ese peronismo decadente que, como su predecesor José Manuel de la Sota, hace gala de una retórica que rebosa demagogia por los cuatro costados. Por los años de la dictadura militar fue un fervoroso joven del ala izquierda peronista que, se afirma, no dudó en tomar armas para enfrentarse a los militares golpistas. Se dice que en una de sus piernas conserva una cicatriz por alguna herida de bala recibida por esa época, tal vez en alguna escaramuza intrascendente. Debió exiliarse en Brasil, porque de lo contrario, algo no del todo improbable, hoy su nombre figuraría en la lista de los desaparecidos por los militares. Tal vez por ello, y a diferencia de lo que muchos piensan, cuando condenaron al represor militar Luciano Benjamín Menéndez a cadena perpetua, sus lágrimas eran absolutamente sinceras. Dicen que en su despacho cuelga una foto de Agustín Tosco, figura emblemática del sindicalismo argentino y líder del famoso Cordobazo.
Poco o nada queda de aquel joven. Con más de cincuenta años, hoy es un político deslucido, por mucho que sus asesores, incluidos los encargados de su apariencia personal, se empeñen en mantener recompuesta su figura, incluyendo esos absurdos flequillos sobre la frente. Fue vicegobernador del saliente gobernador de De la Sota, de quien heredó casi todos sus funcionarios, además de la provincia fundida. Cómo y por qué mutó. La pregunta carece de importancia. Juan Schiaretti y sus compañeros del Partido Justicialista fundado por Perón, después de la retirada de los militares y la refundación de la democracia en el país con la asunción a la presidencia del radical Raúl Alfonsín, llegaron al poder en los 90. Eran chicos hambrientos de gloria. El riojano Carlos Saúl Menem estaba a la cabeza. Por esa época una palabra extraña, apenas comprensible, circulaba por el mundo: Globalización. Inmediatamente se le agregó un apellido: Neoliberal. En términos concretos, es un peldaño más alto del que el propio Lenin llegó a visualizar cuando definió al capitalismo como imperialismo en su fase máxima de desarrollo. Es, a fin de cuentas, el capitalismo en su voracidad y capacidad de digestión absolutas. Pero con una nueva condición: el Mercado es quien gobierna. ¿Y los políticos?: Ah, los políticos. Tendrán sin dudas su papel: serán gerentes.
Acá en Argentina, la tropilla justicialista –también el diezmado radicalismo- con el capitán Menem a la cabeza, asumió con alegría los nuevos tiempos. Vendieron todo. Vendieron el país. Y ganaron mucho. Ellos ganaron mucho. En las periferias de Buenos Aires, así como en las principales ciudades argentinas, incluida Córdoba, a la par que se construían barrios privados cual pequeñas ciudadelas de gloria, se multiplicaban y reproducían las villas miserias en cifras infinitamente superiores. Maldición maltusiana, parece ser.
El neoliberalismo fue –y es- un perfecto tamiz corruptor. Escuela para la conversión de políticos en gerentes del mercado. De esa escuela, se graduaron con excelentes notas los de la sota, los cavallo, los reuterman, los duhalde, los macri, los de la rúa, y también los schiaretti.
Volviendo a la escaramuza. Los chalecos antibalas cubriéndole el torso a los policías, eran prácticamente innecesarios. Los que contraatacaban del otro lado, lo hacían lanzando piedras que rara vez daban en el blanco. O, con la utilización de pequeños morteros artesanales, alguna que otra bombita más estruendosa que efectiva para dificultarle la acción a los uniformados. Tal vez al chaleco habría que llamarle chaleco antipiedras. Sería un término más sujeto a la realidad del momento, teniendo en cuenta el armamento con el que cuentan los otros. El escenario de la batalla campal era la Plaza San Martín.
Una paradoja ¿no?: ahí, ante las narices de San Martín, argentinos contra argentinos. Dándose con todo lo que podían, con rabia, con buena saña. Como boxeadores que sin conocerse, tan sólo por el sano oficio de pelear, se golpean a matarse. Hasta con cierta dosis de odio. Pero sin que, en la concreta, sea un odio real. Ese odio puede surgir al calor de los golpes, de los balines golpeando los cuerpos y quemando la piel, de la furia de los manifestantes, un odio a muerte, que puede incluso llevar a la muerte, pero que más tarde, cuando la batalla concluye, desaparece. El blanco de ese odio surgido en el fragor de la batalla, son esos cuerpos que se enfrentan: en el caso del ring, boxeador contra boxeador; en la calle, manifestantes contra policías. Recientemente, argentinos contra argentinos. Y todo ahí, ante la estatua del Libertador.
Toda una paradoja, sí señor. Ante San Martín, cuyo ejemplo parece haber sido tirado al tacho de la basura. La historia no enseñó nada. O enseñó muy poco. Los tiempos son otros, claro está. Aquellos tiempos de insignes patriotas, que atravesaban el macizo montañoso de Los Andes para liberar otros países hermanos que aun estaban sometidos a la corona española, sobre el lomo de mulas, las ropas hechas trizas, sobreponiéndose al frío, al hambre, al cansancio y las fiebres, impulsados tan sólo por el afán de la libertad e independencia, quedaron atrás. Los tiempos ahora son otros. El tiempo ha quedado reducido a un simple ahora, a tan sólo éste instante globalizado y, para colmo, neoliberal. Nada es previsible para el hombre común de los tiempos que corren: cualquier cosa puede suceder a la vuelta de una hora. Desde que te pongan de patitas en la calle, y vayas a parar al ejército de los desempleados; de que seas un viejo y te recorten la jubilación, o de que te mueras. Y la muerte puede venir de la mano de alguien que está más jodido que tú: Te pega un caño en la nuca y pum. Tan sólo por llevarse las escasas monedas que tienes en los bolsillos. O de ese cana que, con absoluta impunidad, como si matara pájaros, dispara su fusil, si es que estás en los que, del lado de acá, se le enfrenta. O tú puedes ser quien dispara el fusil para intentar que el otro no llegue a la legislatura e impida que se vote una ley injusta, una ley neoliberal. En cualquiera de los dos casos, asumiendo un odio momentáneo que un gerente del mercado, un schiaretti, pongamos por caso, graduado de aquella escuela de los 90, te impuso.
A fin de cuentas, ciudadanos somos todos. Solamente que unos estamos de un lado y otros del otro. Piezas en un tablero. Alguien nos mueve. Y, como en todo juego, algunas piezas van cayendo y otras van quedando.